martes, 11 de septiembre de 2007

HISTORIA DE LA ALQUIMIA


El término alquimia procede con toda seguridad de dos palabras árabes: “al” y “Kimiya”. La primera es un artículo determinado y la otra significa “tierra negra”. La “tierra negra” hace alusión a Egipto. Plutarco, al respecto, apuntó: “En Egipto, cuya tierra es negra en extremo, ellos –los egipcios- la llaman ‘chemia’”.
En la ámbito que nos ocupa, es decir, el idealista, se sostiene que el fundador de la alquimia fue Hermes Trimegisto “el tres veces grande y sabio”, nombre griego del dios egipcio y legendario Adepto Thoth, denominado “el padre de todo conocimiento”. También se afirma que el dios Thoth enseñó a los egipcios los principios de la alquimia, con cuya ciencia pudieron trabajar como artesanos. Todos los conocimientos aparentemente acumulados por los seguidores de Hermes-Thoth sobre aleaciones y coloraciones de metales fueron compilados por Bolos de Mendes en un tratado del siglo II ANE. Este libro es considerado el punto de partida de la alquimia occidental.
La alquimia china, la otra gran tradición alquímica, apareció en los siglos IV y III ANE., es decir, en las mismas fechas que tomó cuerpo la alquimia occidental, aunque los alquimistas chinos especularon más sobre las generaciones y transmutaciones cíclicas de la madera, el fuego, la tierra, el metal y el agua. Más tarde, la alquimia china, ya unida al taoísmo, se centró en un remedio que fuera capaz de curar todos los males y de conceder la inmortalidad. Sus estudios dieron prioridad entonces a la búsqueda de la famosa piedra filosofal, como principio del elixir de la inmortalidad y la transmutación del cinabrio (sulfuro de mercurio) en oro.
Retomando el hilo de la historia de la alquimia occidental, nos encontramos con destacados alquimistas alejandrinos de la talla de Zósimo de Panápolis (siglo IV de NE), alquimistas árabes y alquimistas cristianos. Zósimo de Panápolis fue un gran Adepto y su obra Recuerdos auténticos así lo demuestra. Los alquimistas árabes, por su parte, resultaron el nexo de unión entre los alquimistas de la antigüedad y los medievales, destacando el árabe Jabir Ibn Hayyan el Sufí, el célebre Geber en el mundo cristiano, que introdujo la dualidad mercurio-azufre, y el persa Al Razi, volcado hacia la alquimia práctica. Y los alquimistas cristianos, por último, representaron en cierta forma la culminación de la evolución de la alquimia. Los de mayor renombre fueron San Alberto Magno, el patrón de los químicos, que vivió entre los siglos XII y XIII y que logró preparar la potasa cáustica y descubrió la combinación química de los minerales cinabrio, cerusita y minio; Roger Bacon (siglo XIII), el cual dejó tratados de interés; Ramón Llull (siglo XIII-XIV), quien preparó el bicarbonato de sosa; y Arnau de Vilanova, adepto de la misma época. En el siglo XIV, también destacaron Nicolás Flamel, Petrus Bonus y Bernardo de Treviso, el conde Bernardo de un pequeño estado italiano desaparecido. En el siglo XV, tomaron el relevo George Ripley, Isaac el Holandés y el español Enrique de Villena. En el siglo XVI, aparecieron Basilio Valentín y el famoso Paracelso. Y, finalmente, en el siglo XVII, sobresalieron Alexander Seton “el cosmopolita”, Michael Sendivogius “el Hermes alemán”, el holandés Helvetius y el filósofo Spinoza. Parece ser que Helvetius realizó una demostración de transmutación real.
La masonería operativa del medioevo que construyó las catedrales góticas, compuesta por canteros albañiles expertos en el trabajo de la piedra, de igual forma estuvo estrechamente relacionada con la alquimia. Los masones operativos nos dejaron un legado de su sabiduría alquímica en las proporciones y el simbolismo de las catedrales góticas. En este sentido, la catedral gótica de Notre Dame de París es un magnífico ejemplo. Incluso, se sabe que los alquimistas del siglo XIV se reunían en ella todas las semanas, y que allí, bajo los colores y símbolos alquímicos, exponían el resultado de sus trabajos orientados hacia la Gran Obra, es decir, la transformación por medio del trabajo alquímico. La masonería moderna o especulativa, que tomó forma en Londres en 1717, perdió buena parte de la sabiduría alquímica de la masonería operativa, por no comprender y suprimir en parte lo que les fue transmitido de manera irregular. Conviene recordar que la masonería moderna fue fundada por pastores protestantes que eran profanos. A raíz de esa situación irregular, en fechas posteriores, otras órdenes masónicas intentaron recuperar la verdadera tradición masónica.
Así, el 1 de mayo de 1776, el catedrático alemán Adam Weishaupt fundó los Illuminati de Baviera, con el ánimo de conducir a los miembros y a la sociedad a un estado más elevado. Weishaupt, que había sido iniciado en los misterios, creía que los masones “ignoraban el significado oculto de la masonería y que no sabían nada de su simbolismo”, según nos cuenta el experto Michael Howard en La conspiración oculta (EDAF, 1990); Weishaupt también conocía la importancia de la alquimia entre los masones operativos. En el Rito que elaboró junto a Adolf von Knigge, y hablamos del Rito de los Iluminados de Baviera de trece grados de iniciación, los rastros de la alquimia son innegables. Una de las iniciaciones de los altos grados de los Illuminati bávaros conducía al candidato a una sala donde habían símbolos tradicionales de la realeza: un cetro, una espada y una corona. Luego el candidato era introducido en una cámara negra, en la que había un altar negro, con una cruz y un gorro frigio rojo similar a los utilizados en los misterios mitraicos. Entonces se le entregaba al candidato el gorro frigio rojo, diciéndole: “Ponte esto, pues significa más que la corona de los reyes”. El ritual no sólo era similar a la iniciación en los misterios mitraicos, sino que se entroncaba con la alquimia de los masones operativos.
En la catedral de Notre Dame de París, sin ir más lejos, hay una escalera de caracol que conduce a las partes altas del edificio. Al llegar al eje medial del majestuoso edificio, se percibe en el ángulo entrante de la torre septentrional el relieve de un gran anciano de piedra, el adepto de Notre Dame, el cual aparece tocado con un gorro frigio. El gorro frigio, por supuesto rojo, simboliza en este caso y en el de la iniciación de los Illuminati, la última fase alquímica, la Obra al Rojo, momento en el que el iniciado se transforma en el andrógino alquímico, en el andrógino divino, en el propio dios de la Luz. La frase del ritual de los Illuminati de Baviera, presente además en el Rito Operativo de Los Iluminados de Baviera, “ponte esto, pues significa más que la corona de los reyes”, tiene pleno sentido.
Por otra parte, en esas mismas fechas, otro verdadero iniciado, el Conde Alessandro de Cagliostro, creó la Masonería Egipcia. Cagliostro no tiene que ser identificado con el mistificador Giuseppe Bálsamo, el palermitano alistado por los jesuitas para personificar y echar el descrédito sobre el verdadero Conde de Cagliostro. El objetivo principal de dicha masonería fue retornar la masonería moderna o especulativa en masonería operativa, rindiendo culto respetuoso a la alquimia. Para ello, Cagliostro utilizó operaciones alquímicas.
Finalmente, la historia de la alquimia se completa con la última generación de alquimistas, divididos entre los que se estructuran en órdenes, Ritos y Sistemas de la Tradición Occidental y los que siguen una línea más independiente, como fue el caso del adepto Fulcanelli, autor de las obras El Misterio de las Catedrales (Plaza y Janés, 1968) y Las Moradas Filosofales (Plaza y Janés, 5ª Edición, 1977).
Una tarde de 1937, Jacques Bergier, coautor de El Retorno de los Brujos (Plaza y Janés, 1967) junto a Louis Pauwels, creyó tener delante de él a Fulcanelli. Y parece ser que el adepto le dio la clave de la alquimia, clave que el Rojismo, la Orden Illuminati, la Societas OTO... abrazan en los grados superiores antes de evolucionar a su fase materialista, al decirle: “Lo esencial no es la transmutación de los metales, sino la del propio experimentador. Es un secreto antiguo que varios hombres encontrarán todos los siglos”.
En eso estamos. Y, por eso, con simpleza, pasamos a explicar qué es la alquimia, tras ya haber repasado su historia a groso modo.

¿QUÉ ES LA ALQUIMIA?

El postulado fundamental de la alquimia consiste en la existencia de una “piedra”, la piedra filosofal, con la cual los metales impuros o viles (plomo, zinc, cobre, hierro, mercurio), a través de diversas fases y operaciones alquímicas, se transforman en metales preciosos (plata, y sobretodo oro). Esta “piedra” según dicen puede ser también líquida, por lo que se convierte en el “elixir de vida”. Los adeptos de la alquimia establecen un paralelismo entre el mencionado proceso y la transformación del operador. Las fases y operaciones alquímicas repercuten en éste, ya que pasa por ellas a nivel interno y se transforma en última instancia en el andrógino alquímico, en el andrógino divino, en el dios de la Luz. El alquimista que culmina las fases y operaciones alquímicas ya es un adepto, porque se ha transformado, uniéndose a dios y siendo dios. Angelicus Silesius afirma: “El plomo se cambia en oro. El azar se disipa cuando, con dios, soy cambiado por dios en dios”.
En la alquimia occidental, los elementos de la Gran Obra, en principio, son el azufre, el mercurio y la sal. La sal simboliza el cuerpo físico, el azufre el alma y el mercurio el espíritu. El atanor, como horno de fusión, es el propio cuerpo del operador, mientras que el crisol resulta el embrión. El mercurio, además, simboliza lo fluido, dinámico, femenino, dual… Y el azufre también simboliza lo fijo, estable y masculino. La sal es el moderador y estabilizador de ambas tendencias. Cuando se completan las fases y operaciones alquímicas, la Sal de los filósofos aparece como unión de los dos principios y es entonces cuando el alquimista ya se convierte en adepto, al transformarse en el andrógino alquímico, que simboliza la unión de los opuestos.
En los Ritos de la Orden Illuminati y la Societas OTO, es decir, del Rojismo, el iniciado pasa por diversos grados, asociados a fases alquímicas, hasta alcanzar finalmente la fase alquímica Obra al Rojo, que es cuando se transforma en el andrógino alquímico. Aunque no opera con los instrumentos de la alquimia, ésta se encuentra presente a nivel operativo en el yoga como vía de iniciación básica y en el tantrismo y la cábala de los altos grados.
Cabe apuntar que la última fase alquímica, la Obra al Rojo, y la consecuencia que tiene para el operador, aparece reflejada en la obra El sueño verde del alquimista y adepto Bernardo el Trevisano, conde de la Marca Trevisana, pequeño estado veneciano. Recordemos que la última fase alquímica, la Obra al Rojo, está asociada al andrógino alquímico. Dice El sueño verde: “Después de haber visto todas aquellas curiosidades, me informaron de cómo se celebraban los matrimonios entre los habitantes de la isla. Como el Hagacestaur tiene un conocimiento muy perfecto de los hombres y del temperamento de todos sus súbditos, desde el mayor hasta el más pequeño, reúne a los parientes más próximos y dispone que una muchacha pura y limpia se una con un anciano sano y vigoroso; luego purga y purifica a la joven, lava y limpia al anciano, el cual ofrece su mano a la muchacha; ésta toma la mano del viejo; entonces se les conduce a una de aquellas moradas, sellándose la puerta con los mismos materiales de que está construida la casa; es preciso que permanezcan así encerrados juntos durante nueve meses completos, en cuyo tiempo construyen todos esos muebles que me habían enseñado. Al cabo de ese tiempo, salen unidos los dos cuerpos en un solo cuerpo, y, no teniendo más que un alma, son uno solo y su poder es muy grande sobre la tierra…”
Pero no sólo Bernardo el Trevisano se ocupó de relatar la última fase alquímica de la Gran Obra, sino que otros alquimistas y adeptos como Zósimo de Panápolis hicieron lo propio. En su obra ya citada Pensamientos auténticos, Zósimo explica: “Sobre el agua divina: he aquí el divino y gran misterio, la cosa buscada por excelencia. Es el todo. Su naturaleza, una sola esencia; pues una de ellas arrastra y cae de la otra. Es la plata líquida (mercurio), el andrógino, que siempre está en movimiento. Es el agua divina que todos ignoran. Su naturaleza es difícil de comprender: pues no es ni mental, ni agua, ni un cuerpo metálico. No se puede domeñar; es el todo en el todo, tiene vida y aliento. Aquel que entiende ese misterio posee el oro y la plata”.
Por último, nos reencontramos con Fulcanelli, entre citas al andrógino alquímico. Su discípulo Eugene Canseliet creyó encontrarlo transformado en una especie de travestí en 1954, en Sevilla, España. En El Misterio Fulcanelli (Martínez Roca, 1981) de Kenneth Rayner Johnson, se lee: “Canseliet iba a dar media vuelta para volver a sus habitaciones, cuando, al pasar las mujeres por delante del lugar donde se hallaba, una de ellas se volvió, le miró y sonrió. Fue cuestión de un breve instante. La mujer se volvió de nuevo a sus compañeras y juntas siguieron su camino, fuera de su campo visual. Canseliet se quedó pasmado. Jura que la cara de la ‘mujer’ que le había mirado era la de Fulcanelli. Por extraña que parezca la historia, Canseliet afirma que lo vio y que, comprensiblemente, sólo lo había confiado a unos íntimos amigos. ¿Qué hay que deducir de este extraño episodio? Sólo podemos presumirlo. Pero esta presunción puede ser al menos influida por algún conocimiento sobre el más oscuro arcano alquímico y surge una posible explicación que puede ser menos increíble de lo que parece a primera vista.
Entre los muchos símbolos de la Gran Obra, uno de los más notables y misteriosos es el llamado andrógino o hermafrodita alquímico. En los textos clásicos de alquimia, se alude con frecuencia a él como simbolizando la naturaleza dual del fuego secreto, de las varias sales compuestas empleadas, del Rebis, o cosa doble. Pero en ocasiones se presenta como símbolo de la propia Obra terminada. Hay muchas versiones pictóricas distintas de esta figura andrógina en la literatura alquímica”.
Personalmente, creo que la alquimia es una guía de la transformación interna y que, por supuesto, cabe tomar como símbólica, ya que sino el idealismo puede “hehizarnos” tanto que perdamos el sentido de la realidad y el objetivo final buscado, precisamente la superación del propio idealismo.

LOS COLORES Y LAS FASES DE LA ALQUIMIA

La Obra alquímica tiene tres colores principales: el negro, el blanco y el rojo, con algunas variantes como el verde y el amarillo. Los tres colores principales de la Obra alquímica permanecen asociados a tres fases alquímicas: Nigredo (Obra al Negro y de putrefacción), Albedo (Obra al Blanco, asociada a la plata) y Rubedo (Obra al Rojo, asociada al oro). Y esas tres fases-colores de la Obra alquímica, junto a otras dos fases-colores, están presentes en los Ritos de la Orden Illuminati y la Societas OTO. Así mismo, los tres colores de la Obra alquímica también se encuentran en las tres ramas del tantrismo (negra, blanca y roja), en las clases de vudú, en el luciferismo o en la bandera francesa diseñada por el masón Louis David.
La estructura de los Ritos de la Orden Illuminati y de la Societas OTO nos servirá para comprender cómo se juntan las fases y los grados. El Rito de la Societas OTO de diez grados es el Rito Operativo de Memphis-Misraïm. Los diez grados del Rito están asociados a seis fases alquímicas. Los tres primeros grados corresponden a la Condición al Marrón; el grado 4º corresponde a la Obra al Negro; los grados 5º, 6º y 7º corresponden a la Obra al Blanco, que incluye la Fase al Verde; el grado 8º corresponde al Régimen al Amarillo; y los grados 9º-10º corresponden a la Obra al Rojo, la que nos sitúa en el punto de inflexión del Sistema, es decir, en el punto donde se supera el idealismo.
En el Rito de la Orden Illuminati, el Rito Operativo de los Iluminados de Baviera de trece grados de iniciación, las fases alquímicas asociadas a grados son similares. Los grados 1º, 2º y 3º corresponden a la Condición al Marrón; los grados 4º, 5º y 6º corresponden a la Obra al Negro; los grados 7º, 8º y 9º corresponden a la Obra al Blanco, aunque incluyendo la Fase al Verde y el Régimen al Amarillo; y los grados superiores corresponden a la Obra al Rojo.